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: 034. Como el perro del pastor  
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Publicado: 26/4/2004
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034. Como el perro del pastor

por Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros, 2003



Como ustedes saben, la Etología es una ciencia, como cualquier otra, que se estudia en la Universidad y que también, como todas las demás, se basa en el método científico. Pero aparte lo expuesto, siempre hay algo que se escapa, algo que no entendemos y que no puede ser medido, comparado o contrastado; algo que no puede ser ni siquiera repetido. En ese punto entiendo que está el conocimiento intuitivo y la salida en la carrera del avance científico. En ese punto está el "atrevimiento" del autor que suscribe y del lector que lo lee.

Les voy a contar un hecho que me impactó a la vez que supuso en mi un enorme desconcierto y una desazón propia del investigador que se ve descolocado en sus teorías. Saqué de esta historia una enorme enseñanza; el perro comienza a realizar conductas que, como las nuestras, no pueden ser encasilladas, comienza a desarrollar algunas virtudes propias hasta ahora, de la especie elegida. Perdonen si les suena a antropomorfismo lo que les voy a contar; realmente lo es.

Hace algunos años, cuando vivía mi pequeña e iracunda Kika, mi hija decidió vencer ese mal carácter de perra abandonada que poseía la grifona como consecuencia de un año en perrera municipal. Para ello, frecuentaba un parque cercano a mi casa donde se reunían muchos dueños con sus perros. Hablaban y cambiaban impresiones mientras los chuchos disfrutaban de carreras, revolcones y alguna que otra pelea en las que Kika siempre era protagonista.

En mi afán de conocer a perros y perreros, comencé a frecuentar las tertulias callejeras, a relacionarme con aquellas extraordinarias personas que invertían parte de su tiempo en este agradable menester y, sobre todo, a escuchar sus historias.

Algo de lo que siempre se hablaba era de la conducta de un hombre, con aspecto de jubilado rural, que tenía la inveterada costumbre de darle golosinas azucaradas a su perro todos los días, delante de todos nosotros e ignorando olímpicamente nuestros desinteresados consejos.

- ¡Le va a dañar el hígado!
- ¿No ve usted que su perro no metaboliza el azúcar como nosotros?

El buen anciano nos miraba, sonreía y volvía a sacar una chuchería de su bolsa para dársela inmediatamente a su perro. El gran mestizo de Pastor alemán, engullía el dulce con más fruición que un niño y el anciano lo acariciaba con deleite mientras nosotros, consumados científicos, nos indignábamos.

Un día llegué el primero al parque y me coloqué en el banco que el anciano ocupaba todos los días esperando que ni él ni su perro rehuyeran mi compañía. Mi maniobra tuvo éxito ya que, pasada media hora, la buena pareja entró en el parque y el dueño del alobado tomó asiento junto a mí.

Durante un buen rato el anciano acarició y alimentó a su amigo como si el animal tuviese hambre endémica. Solo cuando su perro estuvo ahíto de chucherías permitió que la esperada conversación se iniciara entre nosotros.

- Todos ustedes están deseando saber por qué doy golosinas a este pobre animal de doce años. ¿Verdad?
- Pues, sí.
- Sé que usted estudia y escribe sobre los animales y su comportamiento. Si me promete no citar mi verdadero nombre, le autorizo a publicar la historia de mi perro.

Yo no podía perder tan truculenta oferta y me faltó tiempo para empeñar mi palabra. Prometí escuchar hasta el final y guardé un respetuoso silencio hasta que el buen hombre llegó al final de la historia que les transcribo.

"Como usted habrá adivinado por mi apariencia, soy un pastor retirado y durante muchos años cuidé de los rebaños ajenos. La situación económica de mis padres no me permitió estudiar más que las cuatro reglas y algo de gramática. De joven marché al monte y allí he permanecido hasta mi retiro aunque, si le digo la verdad, lo echo de menos cada vez más.

He tenido muchos perros que han sido como mis manos y ojos a la hora de cuidar del ganado. Los he utilizado como herramientas pero también los he querido como amigos ya que mi vida ha transcurrido en la más absoluta soledad.

Este perro que ve ha sido el último de los que ha compartido conmigo mi pan y cabaña. Lo cogí de cachorro y es extraordinario para las labores de pastoreo, tan bueno que he llegado a pensar que el animal sabe lo que me pasa por la cabeza en cualquier momento.

Hace cuatro años, durante la nevada en Sierra Morena, contraje una enfermedad que me imposibilitó para salir de la cabaña y preocuparme de mi rebaño. La fiebre se apoderó de mí y estuve durante muchos días sin percatarme del mundo que me rodeaba. Solo me tranquilizaba el saber que mi buen Atila se habría hecho cargo de todo, que recogería el rebaño todos los días, que llevaría a los animales a pastar durante las mañanas templadas y que impediría que sus parientes los lobos diezmasen una manada de cabras que no eran mías.

A los tres días de enfermedad, se acabaron los víveres y entré en una especie de sopor de la que solo salía para comer algunos trozos de carne cruda que Atila ponía sobre mi catre y beber sorbos de agua del depósito de la cabaña. La carne que el perro me suministraba estaba ensangrentada al principio y seca al paso de los días. Yo no era capaz de ni de pensar de donde salía aquel alimento; solo lo comía para salvar mi vida.

En ese estado permanecí casi dos semanas hasta que una mañana me encontré con fuerzas para abandonar el jergón y salir de la cabaña. Mi perro me saludó efusivamente mientras corría detrás de las cabras llevándolas de un pasto a otro. Inmediatamente me puse a contar los animales rogando a Dios que no faltara ninguno ya que el valor de cada cabra era casi mi salario de un mes.

¡Faltaban dos animales, dos cabritos del último año! Me afané en encontrarlos durante tres horas sin encontrar rastro de ellos. De vuelta a la cabaña pasé por el cubil que el mismo Atila había acondicionado para soportar las largas y frías noches de guardia y ....¡Allí había restos de huesos y piel de cabrito!

Lo llamé a voces mientras lo increpaba por la matanza. ¡Desgraciado, has matado a dos animales, me has arruinado, pasaré hambre por tu culpa!

Mi pena y autocompasión fueron en aumento hasta que, fuera de mí, llamé al perro, le pasé una cuerda por el cuello y lo colgué del árbol más cercano. Don Antonio......¡Yo ahorqué a mi perro!

Al encerrarme en la cabaña llegada la noche, comencé a llorar acordándome de Atila, me debatí entre el hambre y mi sentimiento de culpa. El buen Atila había matado para salvarme de una muerte por inanición, había compartido su caza conmigo y yo, en pago, había acabado con él.

Con esos remordimientos me desvele hasta que llegado el alba caí presa de un profundo sopor. En sueños me parecía oír su ladrido y hasta un golpeteo acompañado de arañazos en la vieja puerta de la cabaña. Me desperté sobresaltado y corrí hacia ella, la abrí de golpe y...¡Allí estaba Atila! Llevaba colgando del cuello el resto de la cuerda que se había roto en el balanceo. Lloraba como un cachorro y lamía mis pies mientras adoptaba la postura típica de sumisión... ¡Mostraba sumisión hacia un dueño loco que había tratado de matarlo!

Cuando el dueño del rebaño se enteró de la historia, me perdonó la deuda de los dos cabritos no sin antes hacerme prometer que velaría por la vida de mi buen compañero ya que, de no ser por Atila, el rebaño estaría mermado y yo, posiblemente muerto.

El año pasado me jubilé, compré una pequeña casita en las afueras y allí vivimos Atila y yo. La pensión que tengo, como usted comprenderá, es muy escasa pero no tanto como para que mi perro deje de comer lo que quiera. Últimamente se ha aficionado a las chucherías y aprovechando que el médico me ha quitado de fumar, invierto el dinero del tabaco en dulces para mi amigo".

Llegado a este punto, mi interlocutor volvió a callarse y a hacer gala del mutismo propio de la persona que solo habla con su perro en la soledad de la montaña.

Yo me quedé con las ganas de seguir hablando y, sobre todo, con las de darle el consejo típico de no suministrar dulces al perro. Respeté su silencio, acaricié al viejo Atila y me retiré hacia el grupo donde estaba mi hija con Kika. Mientras me retiraba, oí la voz del pastor a mis espaldas:

- ¡Don Antonio, ya sé que no hay que darle dulces a los perros!
- ¿Por qué lo hace entonces?
- Porque si a Atila no lo mató la cuerda, ¿lo va a hacer una chuchería?

AUTOR


Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros E-mail : pacemvis@gmail.com
Web : www.etologiacanina.net , AEPE: Asociacion para el Estudio del Perro y su Entorno

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