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Publicado: 6/9/2004
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El mundo de los estímulos en el perro de búsqueda

por Aldo Cecchi, 2004



Cuando trabajamos un perro para que con su súper desarrollado olfato nos marque una determinada sustancia, como puede ser cocaína, TNT, un humano, etc., todos tenemos en cuenta a la hora de plantear los ejercicios qué deseamos en cuanto a las conductas que nos ha de manifestar el perro, cómo lo motivaremos para que las realice, y en qué momento reforzaremos para que las repita. De esta forma, nos llamaremos adiestradores con todas las letras. Pero, uno de los mayores errores que cometemos cuando empezamos a trabajar en este campo se debe generalmente a las antropomorfizaciones, ya que esperamos que el perro se eleve intelectualmente a un estadio próximo al nuestro, cuando la realidad es que nosotros debemos bajar al de ellos. Es así que cuando comprendemos esto, mejoramos notablemente nuestro trabajo y por ende la labor de nuestros perros. Pero ocurre que he tenido la oportunidad de ver perros de “alto nivel”, con una muy buena motivación (traducida en autonomía, concentración, y con un absoluto control por parte de los guías) que, a la hora de trabajar, fallan debido a la falta de atención por parte de los adiestradores al mundo de los estímulos. Esto se nota especialmente a la hora de programar los ejercicios que el can ha de realizar y donde el cual tendrá que superar una dificultad que, una vez superada, le enseñará algo.

De todos modos, seria erróneo tomar esta exposición como crítica para grupo alguno. Todo lo contrario, mis conclusiones se basan en el aprendizaje que resulta de mis propios errores como autodidacta en este campo, y siento el deber de compartirlo con ustedes. Está en vosotros tomarlo y agradecérmelo, o descalificarlo mediante la crítica constructiva para así seguir aprendiendo.

¿Qué es un estímulo?


Un estímulo es generalmente un cambio en un aspecto determinado del medio ambiente de un organismo. Los estímulos pueden ser complejos, como cuando alguien toca deliciosamente una guitarra, o simples, cuando se hace ruido con la misma guitarra al apoyarla sobre la mesa; pueden ser externos, cuando vienen del medio, o internos, cuando son producto de un proceso fisiológico. Solo hablaré de los externos, dejando estos últimos para un futuro trabajo.

Haciendo una visión más compleja, podemos decir que son formas de energía: radiante, en el caso de la luz y del calor, mecánica, en el caso del sonido, y química, en el olfato y el gusto.

Pero su importancia no solo radica en lo que es, sino en lo que significa, tal como lo dicen las palabras de algunos célebres que fueron los que nos brindaron las herramientas que hoy utilizamos en nuestro quehacer cotidiano como adiestradores:

Sechenov: “La causa inicial de todo acto, se encuentra siempre en una estimulación sensorial exógena”.

O como dijo Pavlov, tomando un eje mecanicista cartesiano (el busto de Descartes ocupaba un lugar de privilegio en su laboratorio para no acercarse a la psicología de sus tiempos, a la que consideraba subjetiva y para nada científica, y en ese trance lograba una objetividad que le diera datos estadísticos que poder confirmar o debatir) estableció: “El reflejo es la reacción del organismo ante el mundo exterior”, “provocada por una estimulación proveniente del medio”.

Decimos que reacción es “la respuesta de un organismo a una estimulación del medio”, y esta ya es una definición de la psicología moderna y objetiva donde entran otros generadores de herramientas del adiestramiento, como lo son Watson y Skinner.

Pero, ¿por qué todo esto? ¿De qué nos sirve? Pues la respuesta es que, si comprendemos este mundo, comprenderemos muchas conductas de nuestros perros que, tal vez, actualmente hacemos, y nuestro trabajo se ve mal afectado.

Es en este mundo donde nacen muchos de los errores de por qué un perro no marca cuando debería hacerlo o, por el contrario, lo hace equivocadamente 'en un falso' como le decimos en nuestra jerga.

Si nos ponemos a pensar, el adiestramiento de un perro de búsqueda es muy sencillo porque consta en que el perro debe brindar una conducta (marcación) ante una estimulación determinada. Es así que rascará si huele drogas, se echará si huele explosivos, y ladrará si olfatea un humano al que no puede acceder. Sin embargo esto se vuelve complicado cuando trabajamos sin pensar o sin saber, que es lo mismo, y nuestro perro no discrimina porque no le damos la opción. Así asimila que tal estimulación es la misma que cualquier otra que se da en la misma circunstancia a la que enseñamos, y de este modo el perro termina creyendo que lo que debe marcar no es solo un humano sino también, y es así que le da lo mismo, una caja de madera puesta en determinada forma y entorno. ¿Por qué sucede esto? Para poder responder de forma más simple y precisa, entremos en el mundo del condicionamiento.

Por un lado tenemos que todo lo que influye en el perro proveniente desde el exterior es estimulación. Por otra parte tenemos un agente reforzador, un juguete o comida. Por último, sabemos qué conducta queremos que el perro nos dé y, a cambio cuando esta se dé, premiaremos. En consecuencia nuestro amigo nos repetirá con mayor frecuencia dicha conducta y, siguiendo con el trabajo, lograremos un índice muy elevado de respuestas esperadas ante tal estimulación. Y esto es así por que tal vez al principio la orden es el “LAUT” (que ladre) y, como siempre se da en la misma circunstancia, por ley de contigüidad, nuestro can la emite sin que digamos alguna palabra. Ha aprendido que, al olfatear a un humano que le produce frustración, tanto seguido escucha el comando y ladrando recibe su premio, que es lo que lo motiva para esforzarse. Es así que en un tiempo hace el condicionamiento y solo ladra en esa circunstancia. Pero si lo repetimos una y otra vez de la misma forma con el humano dentro de la caja, por ejemplo, la ley de contigüidad también se trasladará a la caja, y tal vez solo ésta quede asociada a la conducta y no al humano como deseamos nosotros. De darse así, nuestro perro marcará la caja cuando esté sola y no marcará al humano si este está fuera de la misma. Yo sé que a ustedes no les sucede, pero también sé que la mayoría, en mayor o menor medida, resuelve esta cuestión instintivamente, y es mi intención el que comprendan la teoría de la cuestión porque, si bien no fallan tan grotescamente, por ahí sí lo hacen de manera superflua y el error es el mismo: sigue siendo error.

Los organismos reciben la estimulación a través de los sentidos. Estos a su vez se han ido desarrollando en el transcurso de la evolución hasta nuestros días donde nosotros, los humanos, tenemos más inteligencia y poder de abstracción, y el perro tiene mayor olfato y oído. Como resultado de ello, nosotros domesticamos al perro y usamos sus sentidos (que han desarrollado en nuestro beneficio) gracias a la capacidad que tenemos de manipularlo a través de la motivación. No hablaré de la compulsión porque desestimo que las personas que leerán este escrito ya se encuentran mas allá de todo ello. De acuerdo a la evolución de los sentidos de un organismo será acorde la estimulación que reciba. Es decir, existen estímulos que el organismo no capta y por ello no dejan de existir. He aquí la gran dificultad de entrenar el olfato de un can que, al ser tan elevado en comparación con el nuestro, puede percibir olores que nosotros ni soñamos con sentir algún día (supieran ustedes cuánto desearía poder oler lo mismo para entenderlos mejor, pero soy consciente de que, si eso ocurriera, no habría motivo de entrenarlos). Por ende, los estímulos necesitan de cierta potencia para ser percibidos; a ello le llamamos umbral absoluto. Y a la diferencia entre un mismo estímulo que antes no notábamos y que aumentado se hace sentir le decimos umbral diferencial. Destaco nuevamente que estos umbrales son muy variables, no solo entre especies sino también entre individuos.

Dije que la estimulación era una forma o un cambio de energía que ingresa al organismo por las vías que le ofrecen los sentidos y se transduce en impulsos eléctricos que viajan por los nervios, llevando la valiosa información al sistema nervioso central, que la procesa al instante y procede consecuentemente. Que este proceso sea veloz también se debe a la evolución, ya que en la naturaleza se premia esta capacidad y se castiga brutalmente al que la carece, convirtiéndose de esta forma en ley vital de supervivencia del más apto.

Pero no todos los estímulos producen reacciones ya que, de ser así, el organismo no daría abasto y colapsaría. En realidad, la capacidad del organismo radica en saber discriminar los estímulos que le sirven y descartar los que no. La saturación de estímulos existe y, en ella, el organismo se tilda y no da reacciones.

Un ejercicio simple y que nos dará un cabal concepto de lo que hablamos es cerrar los ojos (ya que somos seres donde la vista tiene un rol fundamental) y sentir, solo sentir. Notaremos algunos sonidos, la temperatura, si hay brisa, tal vez un cambio de luz percibido a través de los párpados, etc. Seguidamente pasemos nuestra lengua por el contorno externo de nuestros labios. Sentiremos calor, humedad y algunos sabores: todo esto no es más que estimulación.

Un perro no entrenado no responderá al olor humano, siendo este un estímulo neutro o indiferente, y uno bien adiestrado y en el campo de acción ladrará al olfatearlo, a lo que llamamos un estímulo condicionado. Al perro se lo ha condicionado a ladrar ante determinado estímulo, en este caso el olor humano. ¿Pero por qué ladra a la caja cuando esta vacía? Porque hemos repetido hartas veces el ejercicio sin darle las variables necesarias para que esto no ocurra, y nuestro can ha concluido en que lo que nosotros realmente deseamos es que ladre a la caja porque repetidas veces lo ha hecho y así ha recibido su premio. En ese momento, sacamos al humano de la misma pero él sigue ladrando sin importarle que no haya nadie adentro. A esto lo llamamos estímulo subrepticio. Dicho científicamente, si la condición determinante para que un estímulo se haga condicional es su presentación en conjunción con la conducta que recibe premio, está claro que todo acontecimiento del medio (externo o interno) que responda a esa condición, aún de modo accidental, no tardará en convertirse en un agente condicional para la reacción en cuestión.

En palabras más sencillas, si cada vez que decimos “SIT”, nuestro perro se sienta pero, accidentalmente y en coincidencia, se escucha un ruido como puede ser el de una motocicleta y por ello recibe una golosina que es de su gusto, no pasará mucho para que nuestro perro comience a sentarse al escuchar una motocicleta. Y, siguiendo con este mismo ejemplo, explicaremos por qué si mi perro siempre se sienta cuando le digo “SIT” puede que no lo haga si escucha el ruido de una motocicleta. Y aquí entro en otro problema de la caja porque, si mi perro marca el olor humano si este está dentro de la misma no lo hace, debiendo trabajar para que la asimile; el hecho está en que tanto la moto como la caja en este caso son estímulos parásitos, productores de inhibición externa, que son susceptibles, cuando intervienen en el momento de la reacción condicionada, de perturbar a la misma.

¿Cuál es la solución para estos problemas que por ahí nos da tantos dolores de cabeza? Pavlov pronto tropezó y dio cuenta de ello al hacer su tan famoso descubrimiento de los reflejos condicionados y, como era científico a más no poder, estableció que no lograría ningún estudio serio si su trabajo era constantemente influenciado por este tipo de estímulos. Entonces se le ocurrió una idea y, como contaba con el beneplácito y financiamiento de las autoridades, se dio el lujo de construir un laboratorio bajo la superficie de la tierra donde la estimulación era controlada hasta en sus más mínimos factores (temperatura, luz, sonidos, aireación, etc.) a la cual denominó la Torre del Silencio.

El problema se volvió a suscitar con los científicos que le sucedieron, aquellos que no contaban con los recursos que requería dicha torre, y la solución se encontró en una metodología de trabajo a la que llamaron de variables aleatorias. Esta consiste en separar las determinaciones principales y reducir los fenómenos secundarios al papel del “azar”. Siguiendo con el ejemplo que venimos planteando, todo se soluciona dejando al olor humano como mínimo común múltiplo. Es lo único que siempre se mantiene mientras todo los demás siempre cambia, incluida la caja y, cuando cambiamos de ambiente, tomamos que estamos elevando una variante, por ende aflojamos las demás. Dicho en palabras simples, si cambiamos de lugar volvemos atrás para no crearle una dificultad extra a nuestro perro que no pueda resolver. De aquí la importancia de estimular a los cachorros.

Otro es el cantar de la generalización que, a grandes rasgos, no es otra cosa que lograr que el perro muestre reacciones ante estímulos similares (o sea que no distinga entre distintos figurantes sin importar, edad, raza, costumbres, sexo etc.) en contraposición con la discriminación, que es el proceso mediante el cual el perro solo brinda reacciones ante determinados estímulos específicos y no a otros (que solo marque humanos y no a otros animales por el hecho de que también son seres vivos). De aquí el debate de trabajar solo con vivos o solo con cadáveres, aludiendo que la mezcla no da buenos resultados.

Espero que este pequeño documento sirva para mejorar el trabajo de alguien con su perro, o que al menos replantee el mismo y que así se salve una vida. Ojalá suscite un debate que de más luz al asunto y del cual salgamos ganando todos y, por supuesto, yo mismo, que no soy más que un loco enamorado de esta profesión pero que, por desgracia o por gracia, no lo sé, no hay quien enseñe donde yo vivo, y todo se resume al método empírico apoyado por algunas publicaciones. Por suerte, nuestros perros funcionan: he ahí nuestro laurel.

Fuentes consultadas:

J.D. Carthy, La conducta de los animales, Ed. Salvat.
J-F Le Ny, El Condicionamiento, Ed. Lautaro.
M.T. Pérez Martínez, Mecanismo de la Conducta, Ed. Quórum.



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