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Caza: El Perro de Caza  
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Publicado: 15/7/2005
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El Perro de Caza


por Arsenio Menchero Sánchez, nov 2003

Había ordenado, sin emoción, las mas sangrientas batallas.
Y he aquí que me sentía conmovido con los gritos y el dolor de un perro.
Napoleón Bonaparte.



No soy cazador. Pero he cazado y me gusta la caza. He vivido la sensación del que busca la presa durante horas, con el corazón golpeteando el pecho y con la sangre latiendo con fuerza en las sienes, con los pulmones abiertos y llenos de monte, con las piernas tensas y calientes por el ejercicio extenuante.

Y cuando se produce el lance, se paraliza el mundo. En ese momento, no existe nada más. Cuando el perro de muestra se bloquea, inmóvil, sin mover un músculo, con la respiración retenida, frente a la pieza de caza vista con su nariz o cuando el galgo persigue a la liebre a plena carrera, ciñendo su galope a la estela que la rabona describe o cuando los perros de rehala acorralan y agarran a un verraco salvaje, he experimentado con fuerza la conjunción de las fuerzas más importantes de la naturaleza. La vida y la muerte. La supervivencia y la depredación

Comprendo al cazador y, por eso, creo entender al perro de caza. Al buen cazador, al ver caer la pieza le inunda un sentimiento de alegría indescriptible que, inmediatamente después, se torna en tristeza. Porque ama la caza, a la que se preocupa de cuidar durante todo el año.

Quizás, desde la perspectiva humana, racional, no pueda abarcarse del todo desnuda la vivencia del instinto venatorio en su forma más básica. Pero, aún así, dudo mucho que un cazador apasionado perciba menos intensamente que su perro el placer de cazar.

Y es que la caza ha mantenido unidos a hombres y perros desde épocas inmemoriales.

Quizás no sea un desacierto suponer que la primera coincidencia entre ambos tuviera lugar en terrenos de caza comunes. Aquellos perros primitivos descubrieron que la proximidad de los humanos les permitía servirse de ellos y encontrar comida fácil –los desechos de las presas capturadas--, y los hombres de entonces, a su vez, apercibirían de la ventaja de que los perros rondaran sus campamentos, pues les alertaban con sus ladridos en caso de que fieras o enemigos se acercaran peligrosamente.

Así, poco a poco, la relación hombre-perro se fue estrechando hasta que se produjo la domesticación de los cánidos, tal vez a partir de ejemplares especialmente dóciles criados en el seno de la comunidad humana.

El hombre fue atrayendo al perro y comenzó a servirse también de sus cualidades para convertirlo en ayudante de sus cacerías, sirviéndole de ayuda contra las fieras o empleándolo para hacer que las presas abandonasen sus escondrijos.

Este acercamiento se produjo por necesidad pero, a lo largo de los siglos, hombres y perros han desarrollado extraordinariamente las técnicas de cacería en equipo. En todos los países civilizados existe una afición creciente por poseer perros y muchos de ellos, sea por sus cualidades aprovechables en el deporte o simplemente por su dulzura y sociabilidad, son perros de caza.

La gran variedad de razas caninas de perros de caza, enfocadas sobre la base del aprovechamiento de virtudes predatorias concretas, permite al aficionado disponer de un amplio muestrario a la hora de elegir el suyo, dependiendo de la especialidad que practique, sus limitaciones, sus necesidades y su propia personalidad.

Como ya he dicho, aunque muchas de las razas cazadoras hoy cumplen sólo funciones de compañía, quizás el perro encuentre en su pasión por cazar, compartida con el hombre, su más fuerte nexo de unión con él. Probablemente la caza, practicada tanto con fines de supervivencia como a modo de entrenamiento para la guerra o incluso como símbolo de poder, haya sido la responsable de que el vínculo hombre-perro haya permanecido sólidamente establecido a lo largo de cientos de siglos.

TIPOS DE PERROS DE CAZA


RASTREADORES


Cuando un depredador realiza un lance cinegético completo ha de pasar por las siguientes fases: localizar la presa por medio de la vista o del olfato, sacarla de su refugio, perseguirla y, finalmente, atraparla y darle muerte.

Desde antaño el hombre se ha servido de las facultades del perro para su provecho, empleándolo para cazar. Existen representaciones gráficas rupestres, en el período Paleolítico y, mucho más adelante, en monumentos y útiles caldeos y egipcios, en las que aparecen jaurías de perros de diferentes tamaños en pos de presas diversas.

A lo largo del tiempo se desarrolló una especial forma de montear, con particularidades diferentes según el país de que se tratara, siguiendo a caballo a los perros acosadores.

Así, en Francia se impulsó la caza del ciervo, en Inglaterra la del zorro y en España la de la liebre. Cada una llegó a concretarse en auténticos eventos sociales a los que sólo los más distinguidos tenían acceso.

- La caza del ciervo en Francia ha determinado que la cría de antiguas razas autóctonas continúe llevándose a cabo hasta nuestros días. Así, han permanecido en el tiempo el gran gascon saintongeois, el grand bleu de Gascogne, el gran griffon, el chien d'Artois, etc.

- Los antiguos galos impulsaron la "chasse à courre", adornada con una compleja escenografía en la época de Luis XIV y mantenida así hasta el presente. Decenas de jinetes muestran sus capacidades ecuestres galopando por terrenos difíciles, en pos de las jaurías que persiguen al ciervo, mientras las distintas llamadas de cuerno indican claramente cada una de las fases de la cacería.

- Y un ritual parecido envuelve a la caza del zorro en Inglaterra (fox hunting), donde el objetivo primordial de cada jinete es mantenerse a la cabeza del pelotón perseguidor de la presa, lo más pegado posible a los perros. Hugo Meynell, en el siglo XVIII, seleccionó perros especiales que pudieran contrarrestar las tretas del zorro y acosarle a toda velocidad en campo abierto, impulsando este tipo de caza rapidísima. Beagle, harrier y foxhound son las razas más frecuentemente utilizadas. El zorro, sin embargo, es capaz de emplear argucias diversas que despistan a los perros y cubre grandes extensiones de terreno, llevando a los jinetes del llano al alto y del bosque al prado. La ley de parcelación agraria, que impulsó el emplazamiento de vallas para delimitar los terrenos no supuso sino la selección de un nuevo tipo de caballos: los hunters irlandeses, galopadores con especial facilidad para el salto. El concurso hípico de nuestros días y el concurso completo de equitación no son sino la representación deportiva en pista o en campo abierto de esta particular manera de llevar a cabo la caza.

- En la Península Ibérica, la caza de la liebre con galgos es una tradición fomentada y mejorada cada año gracias a la calidad creciente de los ejemplares participantes. En unas cuantas ocasiones he sido invitado a "correr liebres". Galopar a toda velocidad en pos de una collera de galgos que persiguen a la liebre con un despliegue impresionante de fuerza, agilidad, codicia y valentía, genera una emoción indescriptible. Observar como la rabona finta y quiebra, se aprieta y finalmente se pierde, después de una carrera a muerte que puede haber durado minutos, merece todo el respeto y la admiración del aficionado.

En España se celebra cada año, tras los campeonatos selectivos regionales correspondientes, la final del Campeonato Nacional de galgos en campo. El lugar elegido se llena de caballos y jinetes, los propietarios de las colleras, los miembros de la organización, los jueces y sus ayudantes, los invitados de honor y, a distancia, los aficionados que, también a caballo o a pie o en coche, divisan las carreras desde lo alto de las lomas más cercanas.

La última edición LXV Campeonato de España, llevada a cabo en Medina del Campo (Valladolid) durante los días 8, 9, 12, 15 y 18 de enero de 2003, congregó a miles de aficionados y fue ganada por Tara, una galga barcina toledana.

Francisco del Río resume así, en su crónica del Campeonato del presente año, la carrera que dio a Tara la Victoria:

"Cuando salta la liebre y sueltan los galgos Tara arranca con potencia y en dirección lineal siguiendo la traza de la liebre, deja atrás a Diansa II, pero pierde las manos y se da una aparatosa voltereta. Los que estamos a caballo, más cerca de la carrera, pensamos por un momento que la galga podría haberse hecho mucho daño y le costaría seguir compitiendo. Pero sólo fue un momento, pues Tara se levantó empezó de nuevo a correr, dio un pase por derecho a Diansa y tomó de nuevo la cabeza de la carrera, tuvo a punto la liebre pero se esfumó en un perdedor. El punto fue claro para Tara, que mostró coraje y codicia; después hubo de estar pendiente por si, tras el descanso obligado de treinta minutos, tenía alguna secuela de la espectacular caída, No fue así y la segunda carrera, nula por falta de tiempo y la tercera carrera, fueron exhibiciones de Tara que, además, mató la liebre en ambas".

Pero también en la Península Ibérica también se montea a pie, con la ayuda de perros de rastro, para cazar el ciervo o el jabalí.

La rehala de perros, un conjunto de 20 a 30 perros dirigidos por el perrero, tiene por función detectar la caza, sacarla de su encame, azuzarla hacia los puestos, donde se emplazan los tiradores, ladrar (latir) para delatar su trayectoria y, en caso de que sea posible, agarrarla para que el montero pueda rematar a cuchillo.

Es todo un espectáculo ver la mancha llena de perros, escudriñando el terreno en toda su extensión y, de repente, el latido de quien descubre a la pieza y congrega a llamada a los demás perros. Es una maravilla contemplar el trabajo en equipo de la rehala rodeando a la caza y arremetiendo contra ella para agarrarla o hacerla salir hacia las posturas, donde aguardan los cazadores con sus rifles prestos.

El perro de rehala debe comportar las siguientes aptitudes:

- Instinto: sólo los perros ansiosos por la caza buscan con afición y con intensidad, haciendo caso omiso al cansancio y a las más duras condiciones, escudriñando el monte de arriba a abajo.
- Temple: para soportar las duras condiciones de la montería.

- Olfato: si el perro no tiene olfato sólo descubrirá a las presas cuando se tope de narices con ellas. Sólo el perro con vientos perseguirá el rastro de la presa concreta, sin equivocarse con rastros cruzados de otros animales.

- Ladra: aquel perro que carece de la inclinación a ladrar no es útil para el cazador, pues no avisa al avistar a una pieza, y puede poner en peligro su vida si, enfrentándose sólo a un jabalí, por ejemplo, no reclama la ayuda de la rehala

- Valentía: sólo el perro valiente se atreve a desencamar al jabalí o a entrar a sujetarlo cuando éste se detiene o duda en su huida. Si el guarro sólo es descubierto por un perro que carece de valentía éste no será capaz de acometer para hacerle huir y precipitarle hacia los puestos.

- Iniciativa: únicamente el perro que improvisa es capaz de salir airoso de las situaciones más diversas.

- Tamaño: el jabalí ha de sentir la fuerza de los perros. En caso contrario, permanecerá en su emplazamiento sin inmutarse.


Cada rehala demuestra la personalidad, la seriedad y la profesionalidad del propietario. Pero es de desear que los ejemplares sean homogéneos, perros bravos, encastados, vigorosos y especializados en todas o en alguna de las funciones que han de desempeñarse en una montería.

Quizás el perro más completo para jabalíes y ciervos sea el cruce de mastín y podenco, pues suma olfato y fuerza, cualidades de ambas razas.

También se emplean los cruces de mastín con grifón, produciendo perros muy ladradores que ofrecen vistosidad en la mancha por ruidosos, por grandes y por bellos.

Los perrigalgos, como se llaman los cruces de galgo, son esbeltos y ligeros si vienen de podenco y fuertes y corpulentos, aunque también rápidos, si de mastín. Son perros valientes y mordedores, que acometen la caza muy de cerca. Una o dos colleras dan mucho juego en la rehala. Un exceso determinaría una rehala poco buscadora y poco ladradora.

Los perros de presa tienen por única función acudir en ayuda de los buscas cuando un animal está parado, por aculado o por herido, y entrar al agarre. Es útil y conveniente que en todas las realas haya al menos una collera de perros de agarre.

De este modo consiguen evitar que los otros perros, menos potentes, puedan resultar heridos y facilitan que el montero o el perrero rematen a cuchillo a la res o al guarro. De todos, quizás el mejor sea el boxer, ladrador manejable y menos pendenciero en la perrera que los alanos.

El buen montero valora la rehala, pues reconoce y agradece su labor y, por tanto, cuida su actuación para no disparar jamás a una pieza cuando se encuentra rodeada de perros, bien sea durante una huida o bien en el curso de un agarre. Si los perros se asustan cuando están mordiendo pueden dejar de hacerlo y, en el futuro, sentir miedo durante meses o para siempre.

¡Cuántos perros no se habrán echado a perder de por vida a causa de un mal montero que, por ignorancia o por ansia de matar, no ha sabido comprender la importancia de su equivocada acción!. ¡Cuántos no habrán sido atravesados por la bala que precipitadamente ha salido del rifle del codicioso cazador, mal llamado montero!.

Perico Castejón, en su libro "LA REHALA", tan emotivo como técnico, analiza exhaustivamente cada uno de los pormenores de las cuadrillas que participan en esta modalidad de caza mayor al tiempo que consigue que, de cada una sus páginas, emane el verdadero espíritu del perro, del perrero y de la montería.

Así escribe para definir su condición de rehalero, una auténtica filosofía de vida:
"Soy y me siento perrero. Mi mundo es el monte cerrado y los perros conmigo dentro de él. El olor a jara, el esfuerzo físico pudiendo a la sierra, el latido de mis perros y la sangre en mi cuchillo de un verraco salvaje, muerto en lucha pura, son el aliento vital que llevo dentro, que me acompaña cada día de los trescientos sesenta y cinco y que ha moldeado mi pasado y mi futuro".


Y así una montería:
"Montería de cochinos. La mancha atacada y huellas de varios guarros grandes. Ilusión en monteros y perreros. La organización da las instrucciones con firmeza. La seriedad en la exposición de normas y recomendaciones tranquiliza a todos.

De suelta, un guarro grande es denunciado por un amastinado. Acuden más y le obligan a dejar la plaza. "...¡Al puesto del Doctor!...", grita el perrero. Un tiro preciso y el guarrro al suelo. El Doctor Baltés, montero con experiencia, deja morder a los perros, que celebran su triunfo sobre el animal. El verraco tiene mucha boca. Los perros vuelven hacia el perrero para seguir cazando.

Otro perro da de parado y el cochino enterado de la situación de las posturas no quiere dejar su encame. Por arrojo, fuerzan su huida y entra al puesto envuelto en perros; por ello el montero no tira. Una indecisión del cochino al cruzar el cortadero provoca el agarre a pocos metros del puesto. El montero deja el rifle y se acerca con su cuchillo en silencio. Observa con precaución y comprueba que está bien agarrado. Sin hablar, sin animar, se acerca. Los perros, al no vocear ni hacer movimientos bruscos, no extrañan y no sueltan, sujetándolo con fuerza. Una buena cuchillada detrás de la paletilla hacia el corazón, desgarrando para abajo, da con él en tierra. Es otra vez el Doctor y es otro buen navajero pero con menos boca que el anterior. ¿Vaya día el del Doctor!. Una perra tiene la cara abierta y un mastín blanco y negro se desangra sin remedio por un navajazo en el cuello que le ha seccionado la vena. El perrero auxilia a la perra y llora la muerte de el León".


He tenido ocasión de asistir a alguna montería y aseguro que es una experiencia sin igual. En la montería importa la muerte de la pieza pero no es lo único. Ni siquiera lo más importante. En la montería se siente la naturaleza, se comparte instinto con los perros. Se vive el campo, la comida, el cansancio, las ladras, los agarres, los disparos, la amistad, la camaradería, el compañerismo... la ilusión por la vida y el respeto a la muerte.

Estos lances, repetidos cada jornada pero siempre distintos, empapan la montería de impulsos primitivos: crudeza, autenticidad, excitación, peligro, supervivencia. Cuando se produce un agarre y el montero entra a rematar a cuchillo siente en todo su ser una fuerte sensación de depredación y supervivencia, comparte con los perros y con el ciervo, o el jabalí, las pulsiones que ellos experimentan, se disuelve en la escena del episodio cinegético en el momento culminante que antecede a la muerte, ese instante peligroso, brutal, intensísimo, pero por todo ello sublime. Quien lo vive una vez queda atrapado para siempre.

La caza de la liebre en mano o en gancho es típica de la Península Ibérica. Del profundo conocimiento de sus costumbres se desprende la posibilidad de cazarla, incluso sin perro, con una garrota, como hacen los personajes que Miguel Delibes tan exquisitamente describe en su obra. Nadie como él ha fotografiado con palabras el amor por la caza de la perdiz y de la liebre y ninguno ha reflejado tan bien la psicología del cazador y de la presa.

Y, Miguel Delibes, dice que hay que saber que la liebre o se levanta larga o se amona entre los terrones, que en los días de lluvia rehuye las cepas y los pimpollos, que si sopla norte se acuesta al sur del monte o del majuelo y si sur al norte, que en las soleadas mañanas de noviembre busca la amorosa abrigada de las laderas. Que la liebre de los bajos es parda como la tierra de la cuenca y que la del monte es roja como su entorno. Que la liebre ve igual de día que de noche, que dormida. Y que sabe distinto según se cace a palo, a tiro o a galgo.

En Europa Septentrional grähund o el jämthund son perros que se emplean para la caza del alce pues son capaces de acosarlo incluso en el agua, donde se refugia en un intento desesperado de salvar su vida.

En los Estados Unidos, los perros que en un principio se importaron para cazar el alce americano, dieron lugar a los black and tan coonhound, actualmente empleados para la caza del mapache, trepador habilísimo que recurre a sus dotes para escabullirse de sus perseguidores.

El mapache se caza de noche, en invierno y el cazador se ve obligado a seguir a sus mapacheros a través de torrentes helados y rutas accidentadas guiándose con una linterna, con la que deslumbrará a su presa, cuando ésta sea identificada por los perros, para realizar el disparo que la desplomará a tierra.

También en el continente americano se practica la caza del puma, con perros derivados de aquellos que originariamente eran empleados para cazar alces y con la ayuda del caballo, que transporta al cazador al pie de la montaña. Cuando el puma se refugia entre las rocas o se esconde en los árboles puede ser fácilmente cercado y abatido o, más frecuentemente, capturado con lazo para ser enviado a algún parque zoológico.

En Canadá y en Rusia se caza también el oso. Y no es raro que esta caza sirva de complemento en jornadas de caza menor. Como quiera que el oso se aprovecha para cazar de que los cazadores mueven el monte, no es raro que termine en la pista que recorren los sabuesos, quienes entonces le perseguirán enconadamente.

En Asia menor se cazaba, a caballo, la gacela, con ayuda de los lebreles sloughi, quienes la descubrían y perseguían por el desierto hasta que la mataban o era alcanzada por los halcones.

En las praderas de Sudamérica se practica la caza del ñandú, ave corredora parecida al avestruz, persiguiéndola con perros hasta que queda exhausta y puede ser atrapada a lazo o con ayuda de las boleadoras.

También se emplean sabuesos para la caza de lobos, especialmente en las zonas árticas de América, Europa, Rusia y Asia.

Otros animales que se cazan con la ayuda de perros de rastreo son el leopardo asiático de montaña, la foca y el caribú. Pero, sin duda, la caza del león y del tigre son las más espectaculares. El rhodesian ridgeback es el perro más frecuentemente utilizado para los leones y el sharil para los tigres, que son movidos por estos perros para terminar siendo matados a fusil..

PERROS DE MADRIGUERA


Los más difundidos de los perros denominados "terriers", o perros de madriguera, que entran en la tierra, son las diferentes variedades de terriers ingleses y los teckel alemanes, existiendo partidarios de unos y de otros.

Aunque aún continúan empleándose perros de todas ellas para la caza, tal y como se venía haciendo desde siempre, muchas de estas razas, a consecuencia de su pequeño tamaño, han pasado a desempeñar labores de compañía, y ello a pesar de su carácter rudo y obstinado.

Sirva de ejemplo el caso que narraba un viejo amigo, cuyo Teckel, en el curso de un paseo por el campo, entró en la boca de una conejera y permaneció allí, llorando, durante horas. Mi amigo, desesperado pensando que estaba atorado, emprendió mil y una acciones –incluyendo el ir a su casa a por una pala-- con el propósito de desenterrar a su animal. Cual no fue su sorpresa cuando, ya de noche, mientras gastaba sus últimas energías cavando, su perro apareció tranquilamente, marcha atrás, del orificio en la tierra. Quizás hubiera estado latiendo, durante todo ese tiempo, a un conejo que terminara por salir por otra boca. Desde entonces, mi amigo no se ha atrevido a soltar a su perro por el campo cuando no dispone de todo el día libre.

Con respecto a la enseñanza venatoria de los perros de madriguera, diremos que es muy fácil, por ejemplo, motivar a los perros para la caza del tejón o del zorro, pues casi todas las razas muestran una aversión instintiva por estas especies animales.

Hay adiestradores que preparan túneles artificiales, zanjas tapadas con plaquetas de madera, por ejemplo, con un pasillo de entrada, un distribuidor central, y algunas galerías, provistas en su parte final de una sucesión de portillas sucesivas, que constituyan jaulas móviles para colocar al animal vivo con el que se desea entrenar al perro. Cuando el perro huele la presa y ladra frente a la portilla que les separa, se abre la posterior para que se aleje la presa del perro y ser nuevamente encerrada más atrás, permitiendo al perro avanzar y ladrar de nuevo.

La madriguera real suele estar en cualquier zona donde el terreno facilite su excavación pero también puede localizarse en el hueco del tronco de un viejo árbol, o entre sus raíces.

Naturalmente, el éxito de la caza en madrigueras depende no sólo de la experiencia del cazador y del perro, sino también de la densidad de piezas en un determinado territorio de caza.

Así, la extraordinaria astucia del zorro le hace ser una presa difícil de capturar y, sólo en caso de que exista caza suficiente, se hará más confiado y será potencialmente atrapable.

Pero, si difícil es la caza del zorro, aún lo es más la del tejón, animal por otra parte peligroso para el perro, pues es capaz de defenderse con uñas y dientes si se siente acorralado y está provisto de una fuerza considerable, pese a su pequeño tamaño.

Y todavía presenta mayor dificultad la de la nutria, pues los perros deben ser además hábiles y expertos nadadores, habida cuenta de que se madriguera está provista, por lo menos, de dos salidas, una de ellas bajo el agua, precisamente la que usa el animal para no dejar rastro de su emplazamiento.

PERROS DE MUESTRA Y DE COBRO


La técnica de caza de aves es muy diferente de la de las presas terrestres.

Las aves vuelan al sentir el peligro y, si lo hacen antes de estar en distancia de tiro de escopeta, de nada servirá que sean descubiertas por el perro.

El perro de aves, pues, debe identificar la presa, pero debe interrumpir su acción predatoria en este preciso instante, deteniéndose por completo antes de saltar sobre ella para dar tiempo al cazador para que se aproxime.

Este momento, la muestra, se ha ido alargando progresivamente gracias a la selección dirigida por el hombre, de forma que en la actualidad hay ejemplares capaces de mantenerla durante minutos.

Por otra parte, el agazapamiento es una conducta instintiva de supervivencia ante el peligro. Cuando la presa siente la proximidad del perro permanece prudentemente estática, en un intento de pasar desapercibida o de ser considerada muerta. En realidad, esta forma de defensa es enormemente eficaz en la naturaleza. Y también instintivamente, la inmovilidad del ave olfateada bloquea los deseos del perro por lanzarse sobre ella.

El perro de muestra y el cazador forman un equipo indisoluble, una perfecta máquina de cazar cuya eficacia se basa en la efectividad de cada una de sus partes. El perro muestra y el cazador remata la presa.

Y para que esta función se lleve a cabo con naturalidad y precisión es preciso un tipo de perro para cada tipo de pieza.

Así, por ejemplo, la caza de la becada, requiere una muestra a cierta distancia para evitar la huída demasiado prematura del ave y, por tanto, fuera del alcance de la escopeta del cazador. El perro, además de saber mostrar de esta manera, ha de ser resistente al frío y no ha de dudar a la hora de lanzarse al agua. Por ello, el Setter Gordon, por ejemplo, es una raza ideal.

Cuando la densidad de la vegetación, por el contrario, impide el tiro largo, la muestra debe mostrarse muy de cerca, a veces a escasa distancia.

Para cazar la perdiz roja, la codorniz o el urogallo, habitantes de la montaña, es necesario que el perro sea duro e infatigable y ha de saber desplazarse por las laderas, por encima del cazador, por la tendencia de estos animales a volar de arriba abajo, como dejándose caer.

Sin embargo, las codornices que se esconden en terrenos abiertos, se cazan de maravilla con las razas de perros ingleses: Setters y Pointers, grandes batidores de terreno.

El verdadero perrero disfruta más del trabajo de su perro que del hecho en sí de matar la caza. Quien está compenetrado con su perro siente por sus sentidos. Entre ambos se establece una especial forma comunicación, a un alto nivel de excitación y concentración. Abatir a la presa, significa la culminación de la eficacia venatoria del equipo conformado por el hombre y el perro, actuando para éste como refuerzo de su conducta y como estímulo de su moral.

Como quiera que las aves vuelan y que a veces median muchos metros entre el lugar de su caída y el de la escopeta, distancia además sembrada en ocasiones por accidentes del terreno difícilmente franqueables, se requiere que el perro realice otro comportamiento crucial. Se hace necesario que recoja la caza allí donde el cazador no puede llegar y que la transporte hasta éste.

Muchas de las razas de muestra comparten el instinto de cobro, pero no todas. Así como los bracos son cobradores innatos, los Setters y los Pointers deberán ser adiestrados para el cobro y, aún así, algunos nunca traerán las piezas.

El hombre ha obviado este inconveniente seleccionando razas especializadas en el cobro: los Retriever, que actúan junto a los perros de muestra y recuperan las presas abatidas durante la cacería. En la caza de acuáticas, por ejemplo, la muestra resulta innecesaria y, sin embargo, sin unos buenos cobros la partida no acabaría siendo productiva.

Los perros de tipo Spaniel, especialmente antes de que aparecieran las armas de fuego, eran utilizados para cazar con halcones. En lugares donde la caza permanece escondida es necesario un perro que la eche a volar para que el halcón, jerifalte o peregrino, remate el lance en las alturas.

LA ELECCION DEL PERRO DE CAZA


Para encontrar el perro que se necesita para cazar es preciso conocer las características innatas de cada raza, realizar un análisis del tipo de caza que se desea practicar y asumir las limitaciones personales, tanto a nivel de propietario como de cazador.

Así, es preciso valorar diferentes variables: el lugar en donde mantener al perro, el número de perros, la especialidad a la que se dediquen, el cazadero, etc.

No es igual disponer de una finca con perreras que de un piso sin terraza. Ni cazar conejos en el monte espeso que perdices en los llanos o que patos en la laguna. Y tampoco es lo mismo cazar en secarrales que en praderas.

Pero a veces, el hecho de que haya tantas razas donde poder elegir, puede representar una verdadera complicación para el aficionado sin mucha experiencia.

Quien practica una única modalidad de caza lo tiene más fácil. Por ejemplo, para cazar perdices el perro ideal es un Pointer., aunque igual de conveniente es el Setter.

Lo malo es que el cazador medio igual caza codornices en verano como perdices y liebres en barbechos o conejos en un cerrado monte de chaparros.

Si éste es el caso, hay varias razas adecuadas entre las que elegir: Drahthaar, Braco Alemán, Perdiguero, Grifón Khortals, Epagneul Bretón o Pachón Navarro.

Pero no es lo mismo poseer en un apartamento un Perdiguero que un Epagneul Bretón, por lo que cada cazador habrá de escoger el cachorro de la raza que, cumpliendo las funciones que necesita, se adapte mejor a sus particularidades.

Para quien tenga un solo perro, cualquiera de las razas mencionadas puede ser válida.

Pero para quien desee poseer dos o más y no disponga de un espacio excesivo, quizás el Epagneul Bretón sea de los más recomendables.

El Setter inglés tiene una característica primordial: la dulzura de su boca, que permite unos cobros , incluso, de piezas vivas.

Todos los perros de caza se pueden someter al test de la "mariposa", para valorar sus condiciones innatas de muestra y de presa. La mariposa es un artilugio que se arma empleando una caña de pescar con hilo, en cuyo extremo se sujeta un señuelo que, preferiblemente no ha de ser una pieza real para evitar que, si el analizado sufre un desagradable percance –que se enrede en el hilo mal manejado, por ejemplo—, lo asocie a alguna presa determinada y ello pase factura en el futuro.

Cuando la camada sea destetada, se dejarán a su alcance trocitos de trapo, por ejemplo, que serán los que luego se empleen como señuelo, evitando así que los cachorros desconfíen y se asusten cuando se realice el test.

El paso siguiente es dejar que jueguen fuera de su cubil con el artilugio al completo, dejado en el suelo (un palo con unos 40 cms de seda de pescar y un trapito atado al extremo), para que se acostumbren a él. Ya en este momento los cachorros que muestren miedo revelarán que difícilmente servirán para cazar en grupo.

A continuación, uno o dos días después, separados del grupo los tímidos, el examinador manejará con el palo el señuelo, moviéndolo primero para generar impulso de caza y parándolo repentinamente. Ahora se observará el comportamiento del resto de la camada. Aquel que se muestra a la primera y, luego, busca con su olfato la presa artificial es sin duda el mejor. Se acabó la prueba para él. Y el resto de los hermanos mostrará al observador experto un buen número de características que representan de forma directa las actitudes genéticamente heredadas. Estará aquel que se haga el listo y ataje el movimiento del trapo, el que no pare y se arroje sobre él, el que lo muerda con codicia y lo retenga contra el suelo, el que lo sujete con suavidad, el que lo ladre nerviosamente, etc.

Muchos cazadores no escatiman a la hora de pagar dinero –a veces mucho—por un buen coto pero se resisten a invertir unos pocos euros a la hora de hacerse con un cachorro. ¿Quién me puede regalar uno?, se preguntan.

Quien así obra ni es buen perrero ni puede ser buen cazador. El amante de la caza, en cualquiera de sus facetas, atenta gravemente contra el concepto general de la misma si prescinde sistemáticamente del perro o no valora en su justa medida el papel que desempeña. Pero, lo que es peor, nunca conocerá la parte de dicha que en cada lance aporta el perro. Se quedará cojo en su disfrute. Le faltará algo que, bien es verdad, no echará en falta por no conocerlo, pero que representa un elevado porcentaje en el total del cazar.

Es fundamental elegir, tanto la raza, como la genealogía de nuestro futuro compañero de fatigas. Y, para hacerlo, casi siempre hay que pagar.

En este sentido, es recomendable recurrir al consejo del especialista o ponerse en manos de un criador de confianza, prestando especial atención a que los antecesores del cachorro sean buenos cazadores.

Si se busca un buen perro de muestra hay que huir de los cruces entre diferentes razas, pues si las líneas de sangre son exageradamente abiertas, el que los padres sean buenos no implica que los hijos vayan a serlo. Un perro mezclado puede ser muy bueno, pero también muy malo y el que sea lo uno o lo otro es una verdadera lotería.

Una vez elegidos los progenitores y habiendo esperado a que nazca la camada esperada es preciso esperar unos dos meses antes de escoger el cachorro. A la hora de elegir, se deben desechar los perros asustadizos, porque pueden presentar graves problemas a la hora de llevar a cabo el adiestramiento especializado.

ADIESTRAMIENTO PARA CAZA


Para que un perro sea realmente útil para la caza debe, como cualquier otro, cumplir las fases de domesticación, socialización y adiestramiento específico. Las dos primeras son objeto de otros artículos de nuestra colección. Y, con respecto a la última, nos referiremos en éste a los principales aspectos del adiestramiento específico.

Los perros de rehala han de saber convivir y cazar juntos y acudir a la llamada del perrero. Sólo los perros de agarre que siguen de cerca a éste precisan aprender una obediencia básica.

Todos los perros que cazan cerca del cazador, en la mano, han de saber acudir a la llamada, sentarse, tumbarse y caminar al lado del guía cuando se les ordene.

Los perros de muestra, además, se trabajarán específicamente en este sentido. Para la mayoría de perros de morral, esta conducta es innata y sólo habrá de dársele al perro oportunidad de ir adquiriendo experiencia. Cuando se desea que el perro participe en competiciones de caza, deberá recurrirse a un adiestramiento especializado.

Los perros de cobro constituyen un caso aparte.

El hecho en sí de cobrar es verdaderamente complejo, pues requiere la suma de todas las habilidades venatorias del perro. Para analizar la acción global, es conveniente dividirla en las siguientes fases:
1. Localización de la presa.
2. Recogida.
3. Traída al dueño.
4. Posicionamiento delante de él.
5. Soltar la presa a la orden.

El localizar a la presa requiere de un conjunto de habilidades que se desarrollan progresivamente, en relación directa con la adquisición de experiencia. El guía sólo debe permitir que su perro acumule vivencias y debe fomentar que desarrolle su creatividad, su capacidad de adaptación a las circunstancias y su ingenio para la improvisación.

Pero, como las demás fases del cobro deberán ser realizadas siempre de la misma manera, es preferible que el guía enseñe a su perro interviniendo desde el principio. Se debe construir un aprendizaje con visión de conjunto, no olvidando que el cobro es un todo dinámico y que la transición entre las distintas etapas teóricas ha de ser fluida y plena de naturalidad.

Establecer si es mejor el cobro instintivo o el cobro forzado es objeto de controversia. Realizaremos, brevemente, algunas consideraciones sobre el uno y sobre el otro.

TRABAJO BASADO SOBRE INSTINTO DE CAZA Y COMPORTAMIENTO DE PRESA (COBRO NATURAL)


A la hora de optar por el cobro instintivo o forzado, pueden hacerse muchas disquisiciones. Pero, como norma general, aconsejo que no experimenten en forzar el cobro aquellos guías que no cuenten con una gran experiencia en adiestramiento.

La ventaja del cobro forzado es que, si se ha enseñado con la técnica, sensibilidad y rigor necesarios se realiza siempre que el guía lo requiere. Pero, habida cuenta de su dificultad, quizás deba reservarse para los perros de competición, sometidos a un mayor nivel de exigencia y precisión.

El problema del cobro instintivo es que sólo lo realizarán los perros especialmente dotados para ello y sólo cuando ellos lo deseen. La media obligación, generalmente, no funciona pues es difícil que la presión permanezca por debajo del impulso instintivo, única forma de que el perro no sienta inhibida su conducta de recoger y portar.

La técnica de enseñanza es idéntica a la que empleo para el ejercicio de Apport en los perros deportivos de SchH y RCI (trabajo de perro de policía).

Todos los perros con un moderado-alto instinto de presa van a por el apport. Los problemas comienzan a surgir cuando, una vez atrapado el madero, llega la hora de enseñar al perro a traerlo sin pérdida de tiempo a la posición de Hier (sentado delante del dueño).

En este momento se generan dos pulsiones contrapuestas: gregarismo contra posesividad. De la resultante de su interacción, el perro podrá acudir junto al guía o mostrarse receloso a acercarse con la presa en la boca.

Si el perro se acerca al guía, éste le felicitará efusivamente con la voz y con caricias, reforzando la conducta. Se habrá producido el cobro instintivo y, a partir de ahora, se podrá repetir en diferentes situaciones, siempre en sesiones de trabajo muy cortas para no incurrir en el riesgo de hacer entrar al perro en cansancio de acción.

Pero si el perro no se reúne con el guía a pesar de que éste, llamándole y retrocediendo, le incite a hacerlo, habrá que obligarle y, para ello, será necesario el empleo de alguna forma de presión. Llegado este punto, la activación en mayor o menor medida de la conducta de evitación será inevitable.

Y, en este momento, pueden presentarse las siguientes situaciones:
a) Que la intensidad del impulso de evitación se encuentre por debajo de la intensidad del impulso de presa: en este caso, el perro realizará el ejercicio.

b) Que la intensidad del impulso de evitación se encuentre por encima de la intensidad del impulso de presa: en este caso, el perro soltará el Apport, aunque acuda a la llamada.

c) Que no se active el impulso de presa por presentarse otro estímulo, ajeno, de intensidad superior (cansancio, por ejemplo): en este caso, el perro no realizará el ejercicio.


TRABAJO SOBRE INSTINTO DE SUPERVIVENCIA Y COMPORTAMIENTO DE EVITACION (COBRO FORZADO)


Para obviar la última circunstancia, es preferible planificar el trabajo del ejercicio de Apport actuando directamente sobre el Instinto de Supervivencia, siempre activable y no sometido a cansancio específico. Así, el perro atrapará el Apport para no recibir presión, empleando la técnica adecuada para "escapar" hacia el final del ejercicio: la posición de Hier con el Apport en la boca. En esta referencia de posición, el guía ofrecerá al perro seguridad, a modo de refuerzo. Después de mandar soltar y restablecer nuevamente la tranquilidad, liberará al animal con el comando AP, que indica el fin del trabajo.

Este método, bien llevado a cabo, es el mas seguro y puede aplicarse a ejemplares con escaso comportamiento natural de presa.

EL PERRERO


La caza es una pasión y una forma de vida, pero también un deporte. Quizás el primero y del que nacieron todos los demás.

La noche anterior a la caza es diferente. Se mantiene un duermevela ante la inquietud y el deseo de que llegue el momento de levantarse.

Cada día de caza es una sorpresa, un regalo de la naturaleza, durante el cual puede ocurrir lo más insospechado. Cada jornada de caza depara al cazador mil sensaciones irrepetibles, diferentes a cuantas ha vivido previamente. Cada lance le devuelve a su naturaleza de depredador y al mismo tiempo le confiere una extrema sensación de poder. No de fuerza jerárquica ni social ni económica. Sino de sensibilidad y capacidad de integrarse en el fluir de la vida. Recordándole que es el número uno de todos los seres de la creación.

La pasión por la caza se hereda, pero ocurre lo mismo con la forma de cazar. El cazador tiende, en sus principios, a tomar como referencia a las personas más cercanas que le introducen en este mundo. Primero se acompaña, se escucha, se aprende. Más adelante se tantea, se prueba, llega la caza en solitario....

Muchos cazadores encuentran verdadero placer en cazar a solas, sin amigos, con un perro como única compañía. De esta forma disfruta a su ritmo, sin la rigidez que impone una mano, compartiendo el trabajo con el perro, atendiendo a sus señales, compartiendo con él el acecho, sintiendo la libertad del monte... cazando. Perro y cazador permanecen unidos durante la cacería por un hilo invisible.

Y, tras la caza, el recuerdo. Finalizada la jornada, gusta la compañía, el hablar de los lances, el comer el taco o las migas, el rememorar los mejores momentos de la cacería.

Porque con la caza se disfruta, reflexivamente, pausadamente, sin prisas, llenando los sentidos del entorno, mientras que con la competición se sufre. En competición todo transcurre en una vorágine durante la cual no se tiene tiempo de pensar.

El montero perrero es un cazador que, ante todo, disfruta de sus perros. Le gusta disparar, pero prefiere cazar sólo valiéndose de sus perros y de su cuchillo. Está en permanente estado de ilusión con sus perros, a los que dedica toda su atención. Alimentación, ejercicio, incluso fuera de temporada para preparar la forma física de sus animales. Realiza cruces imaginando cómo serán sus cachorros. Se deleita recordando lances y momentos de la cacería.

El perrero es generoso, duro, sacrificado. Pertenece al monte y el monte le pertenece. Conoce la sierra e interpreta cada uno de sus sonidos. Disfruta desde antes de que empiece la caza y hasta después de que haya terminado.

Está de moda hablar y promover la CAZA SIN MUERTE, del mismo modo que existe la pesca deportiva, devolviendo las truchas al río. Los Clubs del Pointer y del Setter parecen ser los únicos que defienden a ultranza la caza deportiva sobre caza salvaje. Abogan por dignificar las pruebas de Caza Práctica defendiendo que esto sólo se consigue a través de la realización de pruebas en las que no se empleen "pollos de corral" con apariencia de perdiz roja.

Pero para que los perros puedan competir a este nivel es necesario que entrenen fuera de temporada, en época de veda. La caza sin muerte de la perdiz equivaldría a que el perro realizase la muestra y el guía disparara con pistola detonadora sin hacer daño alguno al pájaro. Realizando esta modalidad de acuerdo con un calendario que contemple interrumpirla justo antes del inicio de las puesta, se evitaría que se estropearan los nidos o que el estrés alterara su proceso reproductivo.

Si se llegara a aceptar esta modalidad de caza aumentarían los cazadores deportivos que acudirían a los cotos a disfrutar del trabajo de sus perros más que de la muerte de las piezas. Con este proceder los cotos se beneficiarían de los ingresos fuera de temporada y podrían reducir el número de escopetas, lo que revertiría en una beneficio para éstas, pues habría más caza para cada una.

CUIDADOS DEL PERRO DE CAZA


ALIMENTACIÓN
Durante un día de caza el perro recorre una gran distancia y consume un elevado porcentaje de reservas energéticas.

El pienso compuesto de alta gama, extrusionado, adecuado al tamaño y al tipo de ejercicio de cada perro, satisface el adecuado aporte de nutrientes y asegura un alimentación cómoda, racional, completa y equilibrada.

VACUNACIONES
En Portugal únicamente es obligatorio vacunar anualmente contra la rabia. Sin embargo, es conveniente vacunar a todos los perros de moquillo, hepatitis, leptospirosis, parvovirus y tos de las perreras, enfermedades fácilmente prevenibles y difícilmente tratables.

DESPARASITACIONES
Habida cuenta que los perros de caza están en contacto con las piezas de caza y con excrementos de otros animales, es imprescindible realizar desparasitaciones internas con una frecuencia máxima de tres meses, previniendo y eliminando lombrices y tenias intestinales o de otra localización (la filaria o gusano del corazón, también debe ser prevenida en lugares de riesgo).

Del mismo modo, se debe proteger al perro de los parásitos externos, pulgas, garrapatas e, incluso, piojos, a través del empleo de collares antiparasitarios, gotas de lenta acción o fumigaciones periódicas con insecticidas apropiados.

IDENTIFICACIÓN
Hasta la llegada del microchip, a los perros se les identificaba únicamente a través del tatuaje, en la oreja o en la ingle. Sin embargo, la lectura del tatuaje presenta problemas en no pocas ocasiones.

El empleo del microchip, cuyos datos registra un lector especial, permite establecer la identidad del perro y, gracias a la existencia de bases de datos interrelacionadas, localizar al propietario en caso de extravío.

SEGURO DE RESPONSABILIDAD
Aunque las leyes de tenencia de animales peligrosos no atañen a la mayoría de las razas de perros de caza, muy sociables y nada agresivos, es conveniente disponer de un seguro de responsabilidad civil que cubra los posibles daños que el perro de caza pudiera producir a terceras personas. Para que sirva de orientación, una cobertura de 150.000 € cuesta un promedio de unos 20 € anuales.

EL PERRO JUBILADO


Por último, quería dedicar dos líneas al perro mayor. El perro no debe ser nunca considerado como un instrumento, pues es un ser vivo capaz de sentir esperanzas y emociones. El cazador que se apercibe del desgaste de su perro lo siente en lo más hondo de su ser. Y, cuando le observa, le resulta fácil evocar las inolvidables horas que pasaron juntos, las incontables vicisitudes que vivieron, dichosos a pesar del cansancio e incluso del peligro... felices, porque estaban cazando

El cazador noble, que ama a su perro, le procura una vejez digna, se esmera en continuar permitiéndole pasear a su lado, se ocupa de que su amigo y compañero no eche en falta el aroma del monte. Y, cuando su corazón deja de latir, cada disparo evoca su recuerdo, siempre, hasta el fin de sus días.

AUTOR




 
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