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: 042. Una Dolorosa Ausencia Territorial  
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Publicado: 26/9/2005
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Página de impresion amigable Avisar a un amigo
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042. Una Dolorosa Ausencia Territorial

por Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros, 2005



Como les contaba un día, el territorio es una extensión de terreno, más o menos grande, donde el animal habita y resuelve las funciones de supervivencia y reproducción. Es por ello que para las especies marcadamente territoriales como la del perro, este espacio tenga tanto valor como para dejarse matar defendiéndolo sobre todo, si el defensor es un ejemplar puramente Alfa.

Un mal día hace muy poco tiempo, el ejemplar Alfa de mi manada canina, el macho semental de Pácemvis, mi amigo, dejó de guardar el territorio por la única razón que yo hubiese entendido, su muerte súbita. Roco ha muerto con las botas puestas, gruñendo a otro congénere que se acercó, en medio de un espantoso infarto, entre mis brazos y los de mi mujer y con los cuidados de su amigo “el que cura”.

Les hablo del territorio porque Roco ha sido un perro más en casi toda su humilde vida pero se distinguía en su labor de guardián. En sus casi 14 años de vida, tres veces fue asaltada mi casa por los amigos de lo ajeno y tres veces fueron detenidos gracias a él. Las tres veces mordió pero nunca se ensañó, solo ”avisó” y vigiló hasta nuestra llegada. Era un buen perro.

La angustia provocada por esta dolorosa ausencia territorial, se suaviza cuando recuerdo con cariño aquellos agradables días del verano de 1992 en los que yo enseñaba a un inocente cachorro que todo el mundo no es bueno, que no todos los humanos, por el hecho de pertenecer a la especie elegida, respetamos la vida y hacienda de nuestros congéneres. Para este fin utilicé a mi buen amigo Pepe, propietario de un chalet cercano al mío. Se acercaba el hombre a la valla de mi casa disfrazado de cualquier cosa menos de ladrón. Utilizaba disfraces de sus hijos y llegaba en su afán de ser un buen hombre malo, a ponerse antifaces y gorros de presidiario. Muchas veces los ensayos fueron suspendidos por los ataques de risa que me producía su ingenio para inventar apariencias más extravagantes que sospechosas.

El caso es que mi buen cachorro se creía que aquel individuo tan estrafalario era el paradigma de la maldad humana aunque por las tardes Pepe, vestido de hombre bueno, viniese a tomar una cerveza a mi casa y en presencia del feroz guardián. Roco sospechaba que Pepe y Quasimodo eran el mismo individuo porque olían igual y se movían de la misma forma pero la batalla que al día siguiente libraban en la valla, era de lo más real.

Recuerdo con admiración el cariño que profesaba por los niños chicos. Podría atacar en la valla hasta reventar pero suspendería de inmediato las hostilidades si el agresor fuese un niño. Se dejaba martirizar por ellos, apalear, deslomar e incluso montar pero, eso sí, cobrando siempre un preciado tributo: la chupeta del torturador. ¡Cuantas se comería a lo largo de sus treces años de vida! Tengo presente todas las veces que he oído gritar a madres en el parque horrorizadas de ver al perrazo comer algo que salía de la cara del bebé. ¡Cuantos disgustos por aquella manía de lamer la cara de los niños, peinarlos a raya y comerse su chupeta!

Después de su adiestramiento en guardería vinieron las especialidades deportivas, civiles, de pacificador territorial y de márqueting. Participó varias veces en concursos de belleza aunque solo lo justo para obtener la calificación que le permitiera criar. Era un perro guapo pero... ¡Muy perro!

El adiestramiento de marqueting fue una disciplina que “inventó“ él mismo y que yo impulsé con decisión. Yo observaba que cuando un futuro comprador aparecía en mi casa para adquirir algún hijo de Roco, el perro actuaba con la mejor escenificación de los actores del siglo de oro.

Obedecía como nunca, me miraba la cara con una fijeza que yo no conseguía en las sesiones de adiestramiento y ponía una cara de listo digna de un sabio de nuestra especie. Nunca entendí que pensaba el tunante para obrar así. Quizás barruntaba que al llevarse un cachorro de tres meses de la manada la cantidad de pienso per cápita aumentaba de inmediato.

Lo cierto es que el bergante de Roco convencía a algunos compradores de que sus hijos ya llevaban el aprendizaje en los genes y que solo había que darles pienso y dejarlos crecer para que actuaran como el padre.

Corrió gatos, asustó pájaros, revolcó a algún que otro perro del vecindario, dejó medio coja a su maestra Kika, hizo desaparecer a las tortugas de mi hijo, montó hembras sin permiso, destrozó una puerta para acceder a ellas, robó un pollo de pocos meses y se comió hasta las plumas, hizo gritar al cartero y revolcó al panadero cuando era aún un cachorrito y meó mis árboles hasta que los secó. Me hizo una detrás de otra pero fue un buen perro.

Fue un buen perro en todo lo que mi familia le pidió. Mi hija le exigía mucho cariño y él gustoso se restregaba contra ella al más puro estilo felino. Mi esposa le pedía compañía para ella y su perra y nunca las abandonó sin una orden mía. Mi hijo lo convertía en gladiador y aguantaba estoicamente los mamporros y estocadas del romano de turno. Yo le exigí amistad y la mantuvo hasta que expiró en mis brazos. Fue un buen perro; el mejor de mis perros.

Alguna vez les he comentado que he perdido perros tan valiosos como Wolf, Palomo, Truco, Edie, Sigfrid, Tana, Terra o Kika pero quizás esta vez y con este perro, me he implicado más, me he identificado en mayor medida y ahora he sufrido su pérdida con más intensidad. Cuando escribí su historia en el libro “En los bancales del Sur” expresaba la certeza que ambos teníamos en que, algún día, yo lo llevaría al territorio de Siro, donde corteja el macho de perdiz, en la solana del Este; donde llevé a descansar a todos sus amigos. Ese día ha llegado. Roco ha marchado al territorio de Siro dejando en el mío una gran ausencia.

Ha sido un perro más de los que el Hacedor creó, ni más ni menos que el perro del lector pero ha sido mi perro, un buen perro.

Él cumplió con mis expectativas y con la ilusión que puse en su cría. Espero, por mi bien, haber cumplido como humano con lo que él necesitase de mí.
¡Adiós, viejo amigo!

AUTOR


Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros E-mail : pacemvis@gmail.com
Web : www.etologiacanina.net , AEPE: Asociacion para el Estudio del Perro y su Entorno

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