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Conducta: Algunos aspectos neuropsicologicos de la agresividad en perros (1/6)  
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Publicado: 31/5/2003
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Algunos aspectos neuropsicologicos de la agresividad en perros

por Engels Germán Cortés Trujillo


La presente conferencia introduce la Terapia Conductual Veterinaria, TCV, con aplicación específica a pacientes caninos; presenta las figuras diagnósticas más comunes respecto a la agresividad, y anticipa bases pronósticas para cada caso.

Introducción:


Uno de los problemas cotidianos de la práctica veterinaria es la agresividad de algunos de sus pacientes caninos. Esta puede manifestarse como motivo de la consulta (ataques inusuales o recurrentes dentro o fuera de la familia con la que convive el animal, o dificultades en la interacción con sus congéneres), o, ya en el consultorio, como reacción contra quien examina al sujeto. De cualquier forma, sí es una situación que llama la atención del profesional de la salud animal, desde dos perspectivas: la de su función terapéutica, y la de su propia seguridad.

En el primer caso, de agresividad como motivo de la consulta, estadísticas estadinenses demuestran que el 61 % de los perros que ingresaron en albergues en 1992 fue sacrificado (de un estimado entre 5,4 y 9,1 millones, siendo la eutanasia la causa más frecuente de muerte). De éstos, el 26,4 % llegaron a este extremo por comportamientos destructivos o de agresión que los hacían incompatibles con el medio humano (McCulloch, 1994). Tristemente, por lo general se trata de ejemplares relativamente jóvenes y sanos. Y para mayor insatisfacción, el mismo autor estima que buena parte de ellos jamás derivarían hacia la eutanasia, o podrían reintegrarse positivamente a la sociedad humana, con la aplicación preventiva o curativa de técnicas de modificación conductual.

Pero vamos por partes. Es claro que existen muchas razones fisiológicas, puramente orgánicas, para que un organismo emita comportamientos agresivos (enfermedades contagiosas, disfunciones nerviosas, desórdenes hormonales, cuadros degenerativos, alteraciones músculo-esqueléticas, problemas dentales, inflamaciones óticas, y otros, Hallgren, 1991). En consecuencia, la Medicina Veterinaria prevee soluciones de distintos niveles de eficiencia para la mayoría de las patologías, y puede prevenirlas, diagnosticarlas, tratarlas o al menos explicarlas.

No obstante, a veces la intervención veterinaria no es del todo eficaz o suficiente, y la agresividad del paciente canino persiste. O también, es probable que en algunas oportunidades la opción terapéutica médica sea demasiado radical frente al problema y el futuro del animal (por ejemplo, la castración en los machos, o la sección de ciertas zonas corticales del sistema nervioso central). Así las cosas, es necesario explorar otras propuestas de solución diferentes a las farmacológicas y las quirúrgicas, que por sí mismas o en combinación con las mencionadas aumentan las posibilidades de éxito en la normalización de las conductas problemáticas.

La Terapia Conductual Veterinaria:


Una de estas propuestas es la terapia conductual veterinaria (TCV). En referencia con las especies domésticas, y una vez descartadas las causas orgánicas de la alteración, o ya definida la estrategia veterinaria a seguir, la TCV pretende viabilizar o complementar la canalización del comportamiento del animal aprovechando el conocimiento humano sobre las estructuras conductuales de estas especies. A partir de lo que sabemos sobre su naturaleza (bases genéticas, desarrollo, ontología, sociabilidad, procesos de percepción y elaboración de información, estímulos claves, etc.), cruzado con las condiciones de crianza y mantenimiento general del sujeto a intervenir, emitimos un diagnostico y planeamos la recuperación de la normalidad, y con ella la "domesticidad" o capacidad de convivencia del sujeto con el hombre y con sus congéneres, junto con el bienestar integral del paciente.

Para el problema que nos ocupa, la agresividad en caninos, hay varias explicaciones etológicas al respecto, expuestas magistralmente por autores ampliamente reconocidos como Fox (1976), Lorenz (1977), Zimen (1988), y Delta Society (1995). Mi tarea aquí es la de dar una mirada a un aspecto fundamental, pero desafortunadamente poco conocido, de la agresividad animal desde el lente de la TCV: sus bases neuropsicológicas. Debo advertir que la documentación disponible al respecto es bien escasa, y por lo tanto me vi obligado a confrontar las fuentes y las experiencias de mi doble condición de Psicólogo y Adiestrador canino. El producto es la generalización, un tanto atrevida, de unas pocas conductas relacionadas con la agresividad en los perros. Aunque estas generalizaciones no han sido demostradas aún con el rigor del método científico, sí poseen el sustento práctico de más de 30.000 horas/perro de observación, interacción, adiestramiento y normalización del comportamiento.

El Equilibrio Natural:


Para entrar en materia, recordemos que una de las bases teóricas de la TCV es el estudio del comportamiento natural de la especie en estudio, para definir lo normal y lo anormal en ella, y trasladar esas conclusiones al medio artificial. De esta forma se evidencian las compatibilidades e incompatibilidades entre el hombre y el animal, cuya relación funcional indica qué tan domesticable es la especie.

El conocimiento etológico adquirido hasta el momento sugiere que la conducta animal tiende a equilibrar sus características opuestas, hacia la consecución de sujetos silvestres viables. En otras palabras, ni tan pasivos ni tan activos, ni tan dominantes ni tan sumisos, etc. Por supuesto que existen individuos que acusan características más marcadas hacia algún tipo de "personalidad", que los hacen diferentes de sus congéneres, pero si quieren sobrevivir, deben ser capaces de flexibilizar sus propias características de acuerdo a las circunstancias. De mantenerse en una línea rígida de comportamiento, difícilmente lograrán ser adaptativos por mucho tiempo (Análogamente, entre más se especialice una especie en una única forma de supervivencia, más fácilmente sucumbirá frente a las crisis).

Esa capacidad de equilibrio está contenida en la herencia, y se moldea gradualmente con el aprendizaje. Ahora bien, sería sencillo si habláramos de sujetos naturales, miembros de una jauría silvestre no intervenida por el hombre. El asunto es que nuestros sujetos son los domésticos, y eso altera y complica las posibilidades. Primero, porque son perros que a pesar de que tienen el potencial genético intacto para desarrollarse psicológicamente como tales, se criaron en medio de hombres, con unas pautas diferentes que no estimularon el desarrollo de todas las conductas caninas. Y aquí empieza el desbalance.

A continuación describo las citadas generalizaciones, con la advertencia adicional de que se entrelazan unas con otras, y deben ser concebidas como elementos de un sistema, el nervioso, cuyas partes interactúan hacia la producción de un objeto común, el comportamiento.


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